Aprendiendo literatura, otra vez

Por María del Carmen Rivero Quinto:

En esta ocasión, Ianvs, columna de reflexiones en torno a temas histórico-literarios, se pregunta ¿a qué se debe que, en las distintas etapas de creación artística marcadas por lo que los críticos y académicos consideran rasgos característicos de las poéticas generadas según los movimientos, haya autores que regresan a sucesos que ocurrieron años e incluso siglos atrás del momento en el que escriben? Si esto es así, ¿se puede aprender historia desde la literatura y viceversa? La respuesta es afirmativa, pues al recordar el pasado nacional uno lee de nuevo las páginas de los textos publicados hace tiempo, es decir, se hace y se aprende historia de la literatura de México.

Tratemos de describir cómo sucede esto, esta impresión que tengo desde hace unos meses. Las vanguardias literarias en Europa, por ejemplo, se sucedían casi en los mismos años en los que en México arreciaba la revolución intempestiva. Hacer relatos a partir de los sueños, de los juegos de palabras recortadas al azar de los periódicos o dar un valor semántico al espacio en blanco o a las figuras hechas con grafías en un acto autorreflexivo son algunas de las propuestas de la poesía y la narrativa vanguardistas.

En este contexto, La señorita etcétera es una nouvelle moderna, de ruptura y experimental, que conjunta algunas de las formas de escritura antes enumeradas y le daría la entrada al grupo estridentista a Arqueles Vela, su autor. El título, curioso y atractivo, es un epíteto, es decir, así nombra Vela a la Revolución mexicana. Ese etcétera que se usa para “sustituir el resto de una exposición o enumeración que se sobrentiende o que no interesa expresar”, según la RAE,[1] es su forma de denominar a todo lo que quepa, se desborde, se asocie o se estime propio del proceso social al que historiadores, escritores y lectores regresamos una y otra vez.

Más allá de Los de abajo, algunas de las novelas de Mariano Azuela, las menos conocidas, las que no se dan a leer incluso en los cursos de literatura básica, como La malhora o La luciérnaga, se consideran de corte vanguardista, a pesar de que en ellas se narra el difícil destino de personajes que se quedan varados en la gran ciudad sin decidir regresar a sus lugares de origen luego de la contienda nacional. La vida en la urbe, agitada y desorganizada, descrita de forma sórdida, perfila la lectura de estos libros bajo la lupa realista, a pesar de que fue casi por encargo que Azuela se obligara a sí mismo a incursionar en las formas artísticas en boga de su época. El chisme literario nos informa que el autor, cansado de que su obra se asociara a la etiqueta de “novela de la revolución”, esto es igual a “realista”, buscó inspiración en las tendencias del momento, y es así como se tienen dos textos que narran, con otras tonalidades, las secuelas de lo que comenzaba a llamarse la posrevolución.

En las clases más básicas de historia de la literatura o de movimientos literarios, en la enciclopedia empolvada que aún se conserve en casa o en el internet saturado de todos los días, se nos explica que el Realismo fue una corriente que tuvo su esplendor a finales del siglo XIX con Stendhal, Balzac, Twain, Dickens, Pardo o Isaacs, entre sus mejores exponentes, y que su pretensión era retratar con todos los detalles la vida de las clases bajas de las ciudades y del campo o bien, las miserias humanas de las clases burguesa y alta.

Sin embargo, cuando uno regresa a los temas posrevolucionarios una y mil veces —esto es inevitable, creo— se entera de que esa tendencia renació en el México del siglo XX o persistió hasta ese entonces y lo hizo mediante las novelas de Azuela o en la forma del relato llamado de provincia o rural, otra manifestación realista del que sólo se identifica a Juan Rulfo (y eso que sus novelas se publicaron hasta los años cincuenta) cuando mucho antes que él Mauricio Magdaleno, Fausto Cuesta o Pina Juárez ya habían abierto los surcos de la tierra para narrar el estado de las cosas del otro lado de la urbe.

Algunos sucesos subsisten de manera paralela e incluso allende las delimitaciones causales o cronológicas con las que los historiadores les ponen fin. Por ejemplo, que la revolución termine, según unos, en 1917 con la proclamación de la Constitución o, a decir de otros, en 1940 con la llegada a la presidencia de Cárdenas y su socialismo, o mucho después con Miguel Alemán y el fin del militarismo en la presidencia, ya en la década de los años cincuenta del siglo XX, no fue impedimento para que la Generación de Medio Siglo insistiera en la recuperación del tema. Ahí están La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes o Ciudad Real de Rosario Castellanos.

Tal vez esto se deba a que, de forma simultánea, en el México de las décadas de los años veinte hasta los cincuenta, a medida que se iba asentando el estrépito, hubo una gran tarea en el pensamiento, la de concebir una idea del mexicano luego de la revuelta. Este pendiente arrancó con la raza cósmica vasconcelista en la que el todo se concentra en el microcosmos del mestizo, palabra ahora ya en decadencia, hasta El laberinto de la soledad, texto en el que se piensa la condición del mexicano, un ser solitario incluso en los momentos colectivos como la fiesta de las balas, para decirlo con el eufemismo de Martín Luis Guzmán, o la fiesta de los muertos, para decirlo con el del propio Paz.

La llamada narrativa de la revolución no se sujeta a los linderos temporales históricos ni a los criterios mencionados. Más de una columna de Ianvs sería necesaria para revisar detalladamente los textos por los cuales nos enteramos de lo que hicieron los partidarios de los distintos bandos durante y después del periodo. En pleno siglo XXI, la gran revuelta social es un motivo literario consolidado, aunque ciertamente los novelistas también escriben inspirados en otros momentos del pasado mexicano, en especial en los que se consideran secundarios. No es tópico de unos cuantos. Entre cuentos y novelas, Álvaro Enrigue, David Miklos, Julián Herbert o Luis Jorge Boone, autores nacidos en la década de los años setenta del siglo XX, han publicado Decencia, Vacas flacas o La casa del dolor ajeno. La mención de estos casos evidencia que seguimos aprendiendo esa historia mediante la literatura.

La dupla historia y literatura es una veta inagotable de temas para esta columna y una excelente manera de pensar las formas en las que se investiga, se expone, se escribe, se imagina, se lee y se enseña una realidad que ha dejado de ser. Estas líneas constatan la necesidad de diseñar alternativas para estudiar el pasado mediante estas dos formas de narrar.

La literatura podría instruirse de manera contextualizada, si así se quiere ver, a partir de los distintos momentos en los que se fue produciendo, es decir, haciendo una historia de ella, sin reducirla al tedioso recuento de fechas, nombres y títulos, sino de modo vinculante entre lo que sucedía y era del interés de algunos autores (sin que necesariamente sea ancilar), y lo que podría suceder o haber sucedido si…, así, con esa cláusula condicional que señala los linderos de la invención, pues la sustancia de la ficción son los mundos posibles.

Hay que instruir historia desde la cultura impresa y, por tanto, desde la producción literaria que haya figurado y expuesto aquellas realidades sociales, en resumen, mostrarse juntas como historia de la literatura o historiografía de la literatura. De igual modo, es necesario considerar, consumir y leer el libro académico en el que se nos descubren, se recuperan o se revindican a autores y obras aún no encumbrados en los nichos de las letras mexicanas, que por extraño destino permanecieron en el olvido y cuyas obras maridan con destreza a estas dos formas narrativas. En la enseñanza de una mediante la otra se comprende que ambas son elementos constitutivos que concentran los intereses y las acciones humanas. Aprender literatura de nuevo y desde la historia es la ilusión de esta columna y el sueño de algunos historiadores, si no, pregunten a quienes son novelistas.


[1] https://dle.rae.es/etc%C3%A9tera?m=form

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