El instante perdido: La trilogía del amor por Wong Kar Wai.
Por Emiliano Peña.
Hablar del cine de Wong Kar Wai es adentrase en un viaje hacia un territorio donde el tiempo deja de ser lineal y la memoria se convierte en una materia palpable, tan fuerte como la luz que entra por la persiana al atardecer. Sus personajes no viven en el presente, sino en un vaivén constante entre lo que fue, lo que pudo ser y lo que nunca llegará a ser. En la “trilogía del amor”, Days of Being Wild (1990), In the Mood for Love (2000) y 2046 (2004), el director hongkonés crea la poética del instante perdido, donde los vínculos humanos se apoyan más en la remembranza que en la experiencia, en la imposibilidad de retener un gesto o una mirada; convirtiendo así la nostalgia en un lenguaje propio: un modo de suspender el tiempo y los recuerdos para mostrar que, en el amor, lo inolvidable no siempre coincide con lo posible.
Days of Being Wild fue su segundo filme y la primera pieza de la saga. Aquí, se revela su obsesión por los personajes que viven suspendidos entre la huida y la evocación. Yuddy (Leslie Cheung) es el núcleo de esta deriva: criado por una madre adoptiva que le niega la verdad sobre su origen, y que crece convertido en un joven seductor encantador y cruel, incapaz de sentar cabeza. Él mismo se describe a través de la imagen de un pájaro sin patas que sólo se posa una vez: al morir. Vive sin raíces, encadenado a un tiempo interno que no es el del reloj, sino el de emociones y fantasmas de un pasado que no conoce.
La vida de Yuddy es un tránsito de vínculos fugaces, entre ellos, uno con Su Li-Zhen (Maggie Cheung), tímida y vulnerable, empleada de un kiosko. Entre ambos pasa un gesto fundamental para toda la trilogía: ésta detiene el reloj y afirma que ese minuto les pertenece sólo a ellos, un acto casi trivial, pero que concreta la poética de Wong: el tiempo es un objeto que puede ser guardado, no como una línea continua, sino como una serie de fragmentos irrepetibles.
Y justo antes de que la película se apague, aparece un misterio: un hombre desconocido (Tony Leung) se alista frente al espejo, ajusta su corbata y se prepara para salir. No hay una explicación, ni nombre, ni historia, es un encuadre que no se cierra, si no que se abre, como si el director, desde el principio, hubiera buscado la posibilidad de que la historia continúe en otro tiempo, en otro lugar y en otra memoria.
Diez años después, Wong Kar Wai recupera aquel misterioso final en In the Mood for Love, el hombre que se vestía frente al espejo ahora tiene nombre: Chow Mo Wan; y junto a él, regresa Su Li-Zhen, pero en otro tiempo, otro lugar y momento. Son vecinos en un Hong Kong de 1962, y descubren que sus parejas les son infieles entre sí. La repuesta no es la confrontación ni la venganza, sino algo mucho más inesperado: una intimidad cuidadosamente contenida. El director convierte la relación en un ejercicio de aproximación lenta, donde el tiempo parece dilatarse para dar cabida a todo lo que no se dice; es una relación que se construye sobre la renuncia, sobre la voluntad de no cruzar una línea que ambos saben que es inminente.
Aquí, transforma el tiempo en una partitura: los cheongsam de Su Li-Zhen, cada uno distinto y cada uno un instante detenido; los pasillos repetidos como estribillos; el termo compartido; el humo de un cigarro que se desvanece como una frase inconclusa. La cámara lenta prolonga momentos que en la vida real durarían segundos, convirtiéndolos en memoria pura.
En 2046 Chow se transforma en el narrador y protagonista de una ficción dentro de la ficción. Después de la contención de In the Mood for Love, este Chow es otro: más cínico y más errante, el amor que no se atrevió a vivir le dejó un hueco imposible de llenar. El relato que escribe es sobre un tren que viaja a un lugar llamado 2046, donde el tiempo no avanza y lo amado no se pierde, pero tampoco se puede recuperar; Wong convierte el tiempo en un escenario metafórico.
El número 2046 es más que un título: es un año, una habitación de hotel y un horizonte imaginario… Es un código secreto que condensa el deseo de fijar lo vivido, de congelar los instantes que, en la vida real, se escurren.
La memoria aquí se fragmenta en las mujeres que Chow conoce y con las que se relaciona: Bai Ling (Zhang Ziyi), Wang Jing-wen (Faye Wong), y la misteriosa “otra” Su Li-zhen (Gong Li), un eco deformado de aquel amor imposible. Cada una es una variación sobre un recuerdo, un reflejo en un espejo distorsionado. Visualmente, 2046 expande las rimas de las dos películas anteriores: los pasillos ahora se alargan hasta volverse laberintos, el neón se intensifica hasta lo irreal y el movimiento de cámara se quiebra como recuerdos en proceso de descomposición.
La trilogía del amor de Wong Kar Wai se sostiene como un mapa emocional donde el tiempo y la memoria son fuerzas que dan forma a la experiencia del amor. Days of Being Wild abre el camino con un personaje que vive como un pájaro sin raíces, atrapado en un pasado que desconoce. In the Mood for Love transforma ese desarraigo en una partitura de silencios y gestos contenidos, donde lo más pasional no sucede en la acción, sino en lo que permanece suspendido en el tiempo. Al llegar a 2046 la memoria se desdobla en la ficción, multiplicando ecos de lo perdido hasta convertirlos en un laberinto de deseos imposibles. No se trata de hechos concretos, sino de cómo el amor persiste fragmentado, idealizado y distorsionado por el recuerdo.
De este modo, el cine se convierte en un refugio donde lo irrepetible puede volver a existir, aunque sólo como una ilusión. Incluso entonces, Wong, no filma historias de amor, sino la imposibilidad de olvidar lo amado.

