Gremlins 2: La orgía pop de Joe Dante

Por Emiliano Peña.

Durante más de 3 décadas Gremlins 2: The New Batch (1990), ha navegado entre el estatus de filme de culto y una secuela olvidada, casi siempre recordada a la sombra de la película original de Gremlins (1984). Sin embargo, reducirla a un simple apéndice de su predecesora es un error, pues la segunda entrega dirigida por Joe Dante es una de las sátiras más agudas y visionarias del Hollywood contemporáneo. Las razones, claro, son múltiples, y todas apuntan al mismo lugar: el caos lúcido de un autor que comprendió antes que nadie el poder del consumo cultural como lenguaje.

Para entender Gremlins 2, hay que volver al origen del universo “dantesco”. Joe Dante, cineasta estadounidense, saltó a la luz gracias a su serie experimental The Movie Orgy (1968), una compilación de clips de anuncios, programas de televisión y películas serie B. En esta orgia audiovisual construye un lenguaje inesperado a partir del montaje intelectual entre los fragmentos, transformando el sin sentido de la cultura popular en un discurso construido a partir del choque entre imágenes reconocibles, capaz de transformar el sinsentido mediático en un lenguaje propio y expresivo…

Este mismo lenguaje evoluciona en su largometraje Explorers (1985), filme inmediatamente posterior a la primera Gremlins. En esta película conocemos a un niño, interpretado por un debutante Ethan Hawke, que comienza a recibir señales provenientes de vida extraterrestre. La sorpresa, tanto para los espectadores como dentro de la propia diégesis, es que estos alienígenas no son monstruos, ni buscan diseccionar al protagonista, ni nada por estilo; en realidad, se trata de niños aliens que se comunican mediante frases y clips de televisión. La tesis planteada: el siglo XX ha creado un idioma nuevo, una gramática hecha de fragmentos culturales, donde lo que consumimos termina por definirnos. No sólo nos comunicamos a través de lo que compramos o vemos: somos hasta cierto punto devorados por ello.

Con Gremlins 2, Dante lleva esta tesis a su máxima expresión. La película abre con un breve sketch protagonizado por el Pato Lucas y Bugs Bunny, dos íconos culturales. Esta elección no es casual: se sabe que fue el propio director quien pidió incluir esta introducción. Ambos personajes anticipando el tono del filme: una orgía de referencias y autorreferencias que atraviesan toda la cinta. Rambo, Drácula, Batman, el propio cine clásico y la televisión son invocados en una sucesión frenética de gags y guiños que convierten la trama en un simple pretexto. Si la primera Gremlins narraba una historia de terror doméstico con toques cómicos, la secuela abandona toda pretensión narrativa para convertirse en un torrente de sketches que se desbordan hacia lo meta y lo absurdo.

Dichas criaturas se convierten en los ojos del director en una representación caricaturesca de la sobreabundancia y el consumismo desmedido. Cada gag, cada referencia, cada interacción con la tecnología o la publicidad funciona como una muestra de ello: los gremlins copian, reproducen y exageran hasta el absurdo los hábitos culturales de los humanos, mostrando un espejo irónico y sumamente divertido de nuestra dependencia de los productos que utilizamos.

Curiosamente, en este sentido el filme dialoga directamente con Playtime de Jacques Tati, así como este construye una ciudad hipermoderna, Dante erige el edificio Clamp como un monumento al entretenimiento corporativo, estos escenarios se convierten una coreografía del exceso: un espectáculo que se burla de su propia condición de producto industrial mientras la celebra.

En conjunto, Gremlins 2 es mucho más que una secuela: es una radiografía del cine y la cultura del siglo XX, un espejo deformante que refleja nuestra obsesión por consumir imágenes, referencias y significados hasta agotarlos. Joe, con la libertad creativa que pocos directores de Hollywood han tenido, construye una comedia que opera a varios niveles: como sátira del capitalismo mediático, como experimento formal sobre el lenguaje audiovisual, y siendo honestos, como una película estúpidamente graciosa. Es este equilibrio entre crítica y celebración, caos y lucidez, donde este filme encuentra su verdadera grandeza: la capacidad para convertir el exceso en discurso. Dante hizo algo que muy pocos han logrado en Hollywood: una película que se ríe de sí misma, del sistema que la produce y del público que la consume.

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