«James Bond: un espía con dos sabores”

Por Emiliano Peña:

Cuando escuchas “Bond, James Bond”, probablemente se te vengan tres cosas a la mente: una licencia para matar, un hombre impecablemente trajeado y, por supuesto, un Martini, agitado, no mezclado. Desde su debut cinematográfico en Dr. No en 1962, el espía más famoso del mundo se ha convertido en un ícono dentro de la cultura pop, gracias a seis décadas llenas de estilo y acción.

Seis también son los actores que han tenido el privilegio de interpretar al agente 007 en la gran pantalla: Sean Connery, George Lazenby, Roger Moore, Timothy Dalton, Pierce Brosnan y Daniel Craig.  Aunque todos comparten los rasgos que definen al personaje, cada uno de ellos ha impregnado a su versión del 007 un matiz propio. Aquí es donde entra el director ingles Edgar Wright, quien propuso una metáfora curiosa para describir estos diferentes matices; el Bond de chocolate oscuro y el Bond de chocolate con leche.

¿Bond?, ¿Chocolate?, ¿Y cómo se relacionan?

La analogía es sencilla, Wright utiliza estos dos elementos para definir las dos tendencias tonales que ha tomado la serie a lo largo de su historia en el cine. 

El Bond de chocolate oscuro.

Este James Bond es un retrato más cercano a lo que el autor Ian Fleming plasmó en sus novelas. Es un tipo intenso, frío, calculador y emocionalmente explosivo, las emociones no son un estorbo, al contario, son un combustible que lo impulsa; la violencia es más sucia, los enemigos más personales, y en ocasiones, notablemente realistas. Esta versión conecta con una audiencia que busca un enfoque más serio y humano, que lo acerca más a un antihéroe moderno que al galán carismático.

Los tres exponentes más notables de esta tendencia son:

George Lazenby, en su única entrada en la serie, On Her Majesty’s Secret Service, nos mostró a un agente vulnerable, capaz de enamorarse y casarse con Tracy, el gran amor de su vida, quien muere trágicamente a manos de su archienemigo Blofeld, en unos de los finales más devastadores en la historia del cine.

Timothy Dalton, adelantado a su tiempo, ofreció al Bond más cercano a su contraparte literaria: un asesino de sangre fría, vengativo y emocionalmente contenido, que enfrenta villanos que parecen salidos del mundo real: un doble agente soviético y un narcotraficante latinoamericano.

Daniel Craig, el más reciente, y quizás el más emblemático de esta tendencia, redefinió por completo al personaje para una audiencia contemporánea: sumamente humano, violento y melancólico.  En Casino Royale y Skyfall, su Bond es brutal, melancólico y profundamente humano, ya no es invulnerable: sangra, ama y pierde.

El Bond de chocolate con leche.

Si el Bond oscuro es duro y emocionalmente complejo, su contraparte más dulce es el de chocolate con leche: carismático, con un gran sentido del humor, aventuras que rozan lo caricaturesco y nada lo despeina, ni siquiera una persecución frenética; sin mencionar que siempre encuentra el momento justo para soltar un comentario sarcástico tras eliminar a un enemigo.

Los dos grandes exponentes de este tono son:

Roger Moore, el actor que más veces interpretó al personaje y que convirtió al espía en un caballero irónico y encantador. Sus misiones incluyeron enfrentamientos con los villanos más locos de la serie: un asesino con colmillos de metal, un hombre con tres pezones y hasta un mago vudú, por mencionar algunos. También, es el único 007 que viajó al espacio en la infame Moonraker.

Pierce Brosnan, por su parte, fue el maestro de los famosos “one liners”, comentarios sarcásticos y sumamente divertidos. Aunque sus enemigos eran menos extravagantes que los de Moore, no se queda muy atrás: una chica que te ahorca con sus muslos mientras tiene orgasmos, otra que parecía víctima del síndrome de Estocolmo (o tal vez una manipuladora nata), y hasta un norcoreano que termina con cara de inglés. La genialidad de la saga reside en su capacidad de adaptación a lo que el público desea en ese momento, por algo es una de las franquicias más veteranas.

El cacao:

Pero aún nos falta hablar del ingrediente esencial que da origen a ambos sabores, algo que Wright no menciona: el cacao. Sean Connery logra con su interpretación hacer fluir estos 2 tonos, de un momento a otro que puede pasar de un ser un agente muy carismático a un asesino frío; él fue quien puso a Bond en el mapa. En este conviven de forma perfecta los dos tonos: el carisma y encanto del chocolate con leche, y la intensidad y frialdad del chocolate oscuro.

Connery exploró el lado humano de 007 en momentos como en Thunderball, en su relación con Domino y la revelación del asesinato de su hermano. También, domó el tono más cómico en películas como Diamonds are Forever, con persecuciones tan disparatadas como geniales.

Un espía, dos sabores. Al final del día, la genialidad de la saga reside en su capacidad para adaptarse a los tiempos y los gustos del público. Bond puede cambiar de rostro, tono y guardarropa… pero siempre será el 007: con su licencia para matar, su traje impecable y su Martini agitado, nunca mezclado.

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