Unplugged.1 de agosto de 1981-1 de enero de 2026
Por María del Carmen Rivero Quinto.
En memoria de Carlos Rubén Rivero Díaz
Sol ausente
Para Adriana
En cada nueva entrega de Ianvs recordamos a nuestros lectores que el contenido de esta columna versa sobre temas histórico-literarios, es decir, de historia y ficción, los cuales son infinitos e inabarcables; sin embargo, un evento de la cultura popular sucedió el pasado 1 de enero de 2026 e, imitando la tendencia milenarista, esto supone el fin del mundo para muchos de los que contamos ya más de cuatro décadas y, visto desde la temática que nos ocupa, es, también, un evento histórico.
Debido a la razón por la que aparecen o desaparecen productos para el rápido consumismo posmoderno, es decir, el dinero, en los últimos días de 2025 se hizo el anuncio de que el Music Television, MTV, por sus icónicas siglas, iniciativa de Robert W. Pittman, dejaría de transmitir sus cada vez más penosos, poco valiosos y nada destacables contenidos (reallyties y porquerías carentes de idea y sentido que nada tenían que ver con la música). Este malestar ya se había identificado desde hace más de quince años, cuando esas cosas comenzaron a invadir este canal televisivo que fue muy respetable.
Para una generación como la mía, o al menos mi hermana y yo así lo vivimos, en la que nuestros padres debían trabajar casi todo el día y no había con quién dejar a las niñas que fuimos, nuestra nana fue la televisión, pero no tanto los canales de caricaturas, que las vimos, por supuesto, sino dos canales transmisores de música.
El primero de ellos se llamaba More Music. Era un canal de telecompras estadounidense que dividía sus contenidos en dos partes: bloques interminables de videoclips de los artistas de moda, y breves segmentos en los que una joven mujer encopetada con algo similar al Aqua-Net, imagino, un intenso color rojo pasión número cien en los labios y un saco con hombreras que podían resistir el peso del mundo, anunciaba diversos artículos de memorabilia relativos a la música. De ellos, recuerdo, por ejemplo, un póster enmarcado y con las firmas de los Cuatro Fantásticos, quiero decir, de los U2, pues estoy hablando de 1989-1990 y las canciones del The Joshua Tree aún eran éxitos, y así con artículos similares. Sólo tenías que ir al teléfono de cable, el fijo, tú tenías que hacer ese mínimo ejercicio, marcar y ser atendido por una operadora de ventas (desconozco si esto es arcaísmo, no me importa), no por una grabación o, peor, una simulación humana, tener tus datos bancarios a la mano y esperar la llegada de tu artículo de dos a tres meses. Así se nos educó en la paciencia en los ochenta y los noventa.
Fue gracias a esta primera nana, More Music, que mi hermana y yo asociamos las voces que escuchábamos en el radio a los rostros de Sheryl Crow, Aaron Neville, Hootie and The Blowfish o los October Project (quien me busque y me diga SIN ayuda de internet y mucho menos de la IA qué (se) hizo ese emblemático grupo, lo invito a cenar).

Poco después, el proveedor de cable que mi madre contrataba para que nos cuidara durante las vacaciones y en cualquier momento de la semana introdujo MTV y nuestra adolescencia cambió. El canal exclusivo para ver y escuchar música hacía mucho: te daba los datos como el nombre del disco para que tú fueras a la tienda de discos, le pidieras al treintón de entonces, que estaba guapo, por supuesto, o así lo veías, y que hoy seguramente está pensionado mientras la vida futura de mi hermana y la mía es pura incertidumbre, buscara ese disco para ti y te compartiera su impresión sobre él. ¡Teníamos conversaciones con otros humanos en tiempo real y sobre algo que a ambas partes les gustaba!

En 1981, cuando MTV soltó su memorable anuncio del astronauta plantando la bandera de la música en la luna (el mensaje, supongo, era que ibas a ser un lunático de la música o algo así) y el video Video Kill the Radio Star, de The Buggles, era televisado por vez primera, yo aún no nacía, pero una vez en brazos de mi padre, todo fue siempre música en inglés y mediante un vinilo o un caset (no me importa, RAE). No, a mí no me crecieron con Timbiriche ni con el lema del Rock en tu Idioma, aunque mucho después sí con las cintas de los Magneto (¿y qué?). Así, mi hermana y yo escuchamos a Darie Straits a dúo con Sting cantando Money For Nothing en la que el británico vocaliza desde lo que siempre me pareció el espacio “I want my MTV” hasta el infinito. El video parecía una cosa imposible: simulaciones de humanos animadas por las primeras computadoras, era algo que mi abuelo no entendía y a nosotras nos asombraba.

MTV no sólo televisaba videos musicales atractivos o promocionales, que los hubo, y muchos, de los llamados one hit wonder, sino que algunos de ellos son verdaderas obras de arte y dirigidos por grandes cineastas. Dancing In the Dark, de Bruce Springsteen and the E Street Band, fue dirigido por Brian de Palma (aún veo a mi padre vestido con su pantalón de mezclilla y su gorra roja en el bolsillo trasero a la Bruce mientras me tiene en brazos); Martin Scorsese dirigió Bad, de Michael Jackson, la primera estrella pop de color que logró colarse al canal. David Lynch hizo lo propio con Wicked Games, de Chris Issac, y años después con Came Back Haunted, de Nine Inch Nails, para quien Mark Romanek dirigió la pequeña pieza de arte que es The Perfect Drug y la otra pieza maestra que es Closer. No vetaron al canal, pero sí censuraron el video, a saber por qué, si hoy niños pegados a internet pueden ver cualquier obscenidad.

Escribiendo esto desde la época del hiperconsumismo rápido y de las modas pasajeras, resulta sorprendente cómo televisaban, y nosotras aguantábamos más de siete minutos viendo, los videos de Tool, por ejemplo. Resistíamos esa cantidad de minutos porque esos videos son obras de arte. Así es que no, youtubers, no influencers, que sólo conocen internet, no dueños de celulares costosos, es sencillo hacer un video, pero nunca será sencillo hacer una obra con un guion razonado y pensado exclusivamente a partir de una letra de canción leída miles de veces, al menos no uno digno de transmitirse en los buenos años de MTV.
¿A qué viene todo este recuento? A que el canal musical enseñó a generaciones tanto a escuchar como a ver y a relacionar la letra de una canción con la historia que se contaba en el video. Visto así, queriendo o no, MTV enseñó a generaciones a imaginar y a pensar. Aunado a ello, las muchas horas pasadas frente al televisor tuvieron eco en el fomento al consumo para la industria disquera, pues a fuerza de tanto ver en pantalla y escuchar en el radio repetidas veces las canciones que más gustaban, se aseguraba la venta del vinilo, el caset o el disco compacto.
Hoy, un joven menor de veinte años es diagnosticado con ansiedad por casi cualquier cosa y casi por default. Ansiedad era cuando esperabas el 31 de diciembre de cada año para saber cuáles, de entre todos los que vimos, fueron los cien mejores videos del año. Ansiedad era organizar tu agenda para no perderte la noche del estreno del unplugged (lo que nosotros entenderíamos como concierto acústico) de Nirvana, de Alice In Chains, de Eric Clapton, de Bob Dylan o de George Michael, sin mencionar los que se hicieron con Soda Stereo, Shakira o Diego Torres (no sé por qué U2 no hizo uno, supongo que no llegaron al precio). Ansiedad era llamar por teléfono fijo a tus amigos para organizarse y reunirse en la casa de alguno para ver esos contenidos. Y no, tampoco podías programar para ver después, tenías que comprometerte a ESTAR en la cita porque el canal no los repetía con frecuencia. Así nos educaron en el compromiso, la paciencia, la atención e, insisto, en la PRESENCIA.

MTV también se hizo famoso por ser un contenido que era mencionado en las películas y otros medios populares, las que ponían en el cine, no lo de las plataformas aislantes. Sólo por mencionar un ejemplo bastante trivial, en la película Las locuras de Dick y Jane, cuando Dick, el padre de familia, queda desempleado, hay una escena en la que la hipotecaria se lleva la pantalla y el hijo clama no por el aparato, sino porque quiere su MTV Latino. Así de importante llegó a ser el canal, les enseñaba a los gringos a hablar y cantar en español; y viceversa, aún veo a mi abuelo sentado en la cama viendo It’s Been a While y haciendo parodia de Aaron Lewis; además de las icónicas series caricaturescas que terminaron de forjar el sello de la casa, Daria, entre ellas.
Sí, me dirán algunos lectores, deja de lloriquear por un pasado que ha dejado de ser y busca en YouTube el video que quieras ver, para eso está la tecnología. Esa no es la cuestión. Eso se llama, supongo, programación voluntaria, y lo que sucedía con MTV, al igual que aún con la radio que resiste, era diferente. La expectativa de saber cuál video vendría a continuación, qué estreno tendríamos para comentar con el de la tienda de discos o con tus amigos en la escuela, la emoción de atinarle y grabar en formato VHS el video de tus ídolos porque aún no tenías internet en casa para buscarlo, ni sabías que después llegaría el DVD que compilaría todos sus éxitos.
La empresa de comida chatarra, la de las papas fritas con carita amarilla, sacó una campaña en la que podías coleccionar calcomanías y hologramas con el emblemático cuerpo humano y cabeza de MTV, aún conservo algunas. El apocalipsis zombi ya se había televisado, pasó en 1983, con un sujeto que invitaba a su novia a entrar en una casa supuestamente habitada por muertos vivientes que bailaban bastante bien, él uno de ellos, que fue un extraordinario bailarín. Eso es hacer historia o cambiar la vida a millones de televidentes por décadas. Tengo que desconectar mi memoria antes de que lleguen más recuerdos. Y quiero mi MTV.


