El oficio secreto del historiador, escritor

Por María del Carmen Rivero Quinto.

En la entrega anterior de Ianvs hablábamos sobre la posibilidad y la necesidad de aprender historia mientras se leen obras literarias. A la manera de lo que se hacía en el nunca viejo ni lejano siglo XIX, en el que los escritores se preocupaban por que sus lectores no sólo leyeran ficciones, sino que al mismo tiempo aprendieran cosas pasadas, ahora recuperamos la ilusión con la que cerramos aquella colaboración, una ilusión no sólo de quien esto escribe, sino también el sueño de algunos historiadores: narrar el pasado a través de las novelas en lugar de los complicados libros especializados.

¿Qué busca la historia en la literatura? ¿Por qué algunos historiadores escriben novelas? ¿Qué les da el discurso literario que no encuentran en el expositivo-argumentativo? ¿A caso así buscan llegar a ese lector interesado en el pasado nacional o de otra latitud, pero que nunca se acercaría a un pesado tomo académico? Pensemos, pues, en el otro oficio de algunos historiadores, el de escritores.

Ciertamente, el estilo de los historiadores siempre se ha considerado pesado, lleno de términos filosóficos o ideológicos (con predilección por los marxismos) y una abrumadora, aunque imprescindible, cantidad de notas a pie de página que hacen, por un lado, la base de la credibilidad cientificista de su escrito y, por otro, que nos den ganas de dejar el libro en la página tres y mejor ver una película en alguna plataforma o escuchar un pódcast.

Existe un fenómeno curioso que debe volverse ya el centro de nuestros estudios formales o de nuestras lecturas. Que los novelistas escriban de tal modo que parezcan historiadores no es nuevo, así como tampoco es novedad a la inversa, que algunos historiadores escriban novelas, aunque ciertamente esto suele ser mal visto entre su comunidad académica por lo que ubican esta producción en sus currículos en el rubro de la divulgación con el riesgo de convertirse en parias entre sus colegas. Comentemos el primer grupo, el de los novelistas que escriben como historiadores.

Los antecedentes de este sueño los encontramos en el siglo XIX, ese momento en el que historia y literatura fueron separadas por los academicistas, pero en el que más que nunca se unieron a raíz del movimiento romántico y el triunfo de la novela realista. Algunos especialistas encuentran el origen de la novela histórica en la Inglaterra industrial y colonialista, y fue precisamente en el país vecino, en Escocia, donde sir Walter Scott sentó las bases de este subgénero. La viuda de las montañas, por ejemplo, cuenta la historia de una dama que tiene derecho a reclamar la corona de Escocia, pero, y aquí está el ingrediente activo literario, debe enfrentarse con un adversario muy terrible. Las Tierras Altas, los viejos condes, las mujeres que cantan baladas, el uso de vocablos del gaélico son elementos que evidencian el sentido de nacionalismo que este tipo de novelas buscaba fomentar en los lectores; la intención era recuperar un pasado en el que los escoceses se sintieran identificados para reafirmar su identidad ante la corona inglesa.

Este modelo literario cruzó el Atlántico y en el México decimonónico fue Vicente Riva Palacio quien comenzó a incursionar y a introducir el género a raíz, precisamente, de la necesidad de buscar en el pasado los motivos por los que la nación mexicana recién independiente debía de identificarse con lo propio y dejar de lamentar la pérdida, si la hubo, de lo extranjero. Al igual que en las novelas de Scott, en Martín Garatuza o en Monja y casada, virgen y mártir, por ejemplo, Riva Palacio echó mano de la nota a pie de página que se suele pensar exclusiva del libro de historia para mencionar sus fuentes, los libros, los documentos o los periódicos que había consultado con la intención de mostrar su erudición y también instruir al lector, darle la sensación de que lo que leía tenía sustento y por tanto era plausible de que hubiera sucedido de ese modo.

Pasemos al caso contrario. En ese largo, casi eterno, siglo XIX, que no ha terminado, pues seguimos llamándolo, hubo historiadores que ya desde entonces difuminaron la línea que separaba a la historia de la literatura en sus libros netamente históricos. Con tan solo leer el inicio de La bruja, del historiador francés Jules Michelet, uno se pregunta qué está leyendo, ¿una novela de terror o un libro de historia? El plan de Michelet fue hacer la historia del pueblo galo centrándose en sus personajes más emblemáticos como Juana de Arco, por ejemplo. En el caso de La bruja, Michelet se propuso contar la historia de Francia durante la Edad Media y para ello se valió de una de sus figuras más importantes: la mujer acusada de brujería, y de paso hizo, sin querer, las primeras contribuciones al largo camino del pensamiento feminista. La lectura de las primeras líneas estremece. ¿Dije estremece?

Johann Gustav Droysen, historiador alemán que acuñó el término helenístico para referirse al periodo entre Alejandro Magno y Cleopatra, rechazó por completo la postura de su igual, Leopold Von Ranke, de la objetividad en la historiografía, pues, para él, la historia tenía una función educativa, era la mejor maestra para el pueblo alemán y para ello su escritura necesitaba de un estilo menos técnico y más narrativo y lo logró al posicionar a su narrador en algún punto del camino que habría de recorrer Alejandro, y mientras espera su paso cuenta una historia, la de las conquistas del líder romano.

Algunos dirán que los ejemplos mencionados son ejemplos indiscutibles de historiografía, y lo son; sin embargo, es fácil identificar en ellos indicios de la construcción novelesca o de algunas figuras retóricas como las metáforas, hasta los eufemismos, y otras figuras de pensamiento que solemos asociar con la poesía o la novela. El grupo de los historiadores novelistas es bastante nutrido y de cada uno de ellos se puede consultar sus respectivas fichas curriculares en los portales de sus instituciones y hacer, insisto, los análisis necesarios para enriquecer el diálogo en materia histórico-literaria.

El doctor Federico Navarrete causó revuelo en 1998 con la publicación de Huesos de lagartija, en la que un niño, Francisco Cuetzpalómitl, narra la experiencia de haber nacido y crecido en México-Tenochtitlan y después vivir su etapa adulta en la llamada Nueva España. A pesar de ser una novela histórica pensada para un público muy exigente, el de los niños y adolescentes, y de que difícilmente el autor se desapega del estilo del discurso histórico (basta con leer los títulos de los capítulos que recuerdan a los de los libros de los cronistas), la novela cautiva por la emotividad con la que el personaje narra la crisis de los sobrevivientes del asedio de 1521. ¿Dije emotividad? ¿No habré querido decir objetividad, cara palabra para un historiador?

En 2004, el profesor Antonio Rubial publicó Los libros del deseo, una novela ambientada en la época de la Colonia que inicia con el juicio inquisitorial a la monja sor Antonia de san José. Esta historia surge de una investigación que el doctor hizo en el Archivo General de Indias, ubicado en Sevilla, y descubrió que un viejo legajo esperaba la historia de esta monja para ser contada por quien supiera reconocer en ella lo que de novelesca posee. Cada uno de estos libros narra dos deseos que mueven al mundo, el amor y el poder. ¿Dije deseo? ¿Dije amor? ¿Estas palabras son comunes en el léxico del historiador?

Caso aparte es el del poeta e historiador Carlos Montemayor, que con Guerra en el Paraíso cuestionó los estatutos de la novela histórica, independientemente de si es tradicional o nueva —ésa es otra polémica que esta columna tiene entre sus pendientes—, e hizo que la aguja del espectro de estas narraciones se moviera hacia la llamada novela de no-ficción; parafraseando al autor, se trata de una obra que narra sucesos de la historia del presente mexicano que aún no han sido descritos por la historiografía oficial y por tanto, no son reconocidos como historia nacional. En ese renglón, ¿dije poeta e historiador?

Los ejemplos podrían seguir. El historiador francés, aunque ya más mexicano que extranjero, Jean Meyer, comentaba que él se hizo historiador gracias a la lectura de los novelistas rusos. ¿Un lector de los dramas rusos venido a historiador? En la misma línea está el caso del historiador inglés Will Fowler que con todo y ser miembro corresponsal internacional de la Academia Mexicana de la Historia ya cuenta con su primera novela histórica, Patriotas, ambientada en el convulso periodo del Segundo Imperio.

¿Qué buscan los historiadores en el discurso novelesco? ¿Qué les da la literatura que no encuentran en la Historia? Las respuestas sólo las tendremos al leer sus novelas.

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