La Historia que se lee en una novela
Por María del Carmen Rivero Quinto.
En esta ocasión, Ianvs, columna dedicada a reflexionar acerca de los vínculos entre lo histórico y lo literario, se plantea la siguiente pregunta: ¿qué buscan los escritores cuando se proponen reescribir, en un contexto novelesco, eventos que ya ocurrieron de un solo modo? Anoto reescribir porque los lectores de narrativa histórica (en especial los de novela) debemos tener siempre presente que cuando abrimos Huesos de lagartija de Federico Navarrete o La corte de los ilusos de Rosa Beltrán, por mencionar un par de títulos representativos de la narrativa histórica mexicana reciente, se nos ofrece una (re)versión del sitio y caída de México-Tenochtitlan o del Primer Imperio mexicano; dicho en otras palabras, tenemos nuevas versiones escritas en contextos de simulación estética de eventos que tienen su primera nota, por así decirlo, en la historiografía, en los libros escritos por los historiadores.

A esta pregunta, podemos añadir una más compleja aún: ¿qué papel adopta el novelista si reinterpreta en un discurso escrito algo que ya ha sido expuesto en palabras expositivas por el historiador? Se podría decir que el escritor de novelas históricas adopta aquél de un copiador o un editor de la historia porque en su texto se encuentra una versión previamente escrita del pasado, la que hizo el historiador. Así, cuando investiga en algunos de los documentos de, por ejemplo, el sitio y la caída de México-Tenochtitlan, documentación que es infinita, la novela histórica no es una repetición discursiva de los hechos, sino de las versiones escritas previamente.
En la novela histórica existe una idea de la historia similar a la que tiene en la cabeza un historiador y nosotros como lectores debemos recordar que para lograr la novela el autor forzosamente tuvo que haberse documentado, incluso si no nos muestra sus fuentes (cosa que no está obligado a hacer, porque es ficción, no un libro científico), pues no existe novela histórica seria, digamos, sin este paso previo que es el que, a su vez, todo historiador también realiza.
Cuando leemos una ficción histórica, por lo general no dudamos de que el relato que ahí se hace de un pasaje más o menos conocido por nosotros de la historia es, si no verdadero, posible de haber sucedido tal y como ahí se cuenta; y si las descripciones de los lugares o los diálogos de los personajes nos resultan tan vívidos al grado de tomarlos por certeros, también es frecuente que nos preguntemos ¿qué tan cerca tuvo que estar el autor que nos cuenta todo esto? Así, suponemos que el escritor testimonia experiencias vividas por él en instantes muy importantes del pasado y que tuvieron impacto en la sociedad, es decir, la verosimilitud vincula el suceso con su relato.
Muchas novelas históricas del siglo XIX tienen una base autobiográfica, ¿sería por eso posible decir que son el pretexto para escribir las experiencias de vidas afectadas por los grandes procesos nacionales o mundiales? En Rojo y negro y La cartuja de Parma, el escritor francés Stendhal alivia la inconformidad de su realidad, pues, en tanto miembro de las tropas napoleónicas, Henri Beyle, nombre verdadero del autor, estuvo en la retaguardia, mientras que en ambas novelas él se pone, mediante sus personajes, Julien y Fabrizzio, respectivamente, en la vanguardia.

Perucho, nieto de Periquillo es una extraordinaria novela publicada en 1895 y tristemente olvidada por la crítica y los lectores. En ella, el pequeño Pedro descubre una realidad que sus padres habían ocultado para él: el levantamiento de los liberales en contra de la presencia francesa en México; con ello, el niño tiene una especie de iniciación al identificarse con este bando y por la que vive varias aventuras mientras crece. Se piensa que la autoría de la obra es de Juan de Dios Peza y que está basada en sus memorias de infancia durante el Segundo Imperio Mexicano, es decir que creció afectado por la intervención y escribió este libro en la etapa de la decadencia porfiriana que quería criticar.
La búsqueda del novelista cuando escribe ficciones históricas quizá sea personal, es decir, quizá un evento que podría considerase tangencial en el devenir de la historia haya afectado su vida o lo haga partícipe involuntario de ella. Así, por ejemplo, Carmen Boullosa escribió Tejas: la gran ladronería en el lejano norte luego de enterarse de que Juan Nepomuceno fue pariente de su padre o, bien, una pesquisa en internet sobre el pasado de su madre arrojó para el escritor David Miklos un documento en el que la familia se entera de la segunda nacionalidad de la mujer. Esa búsqueda provocó una serie de reflexiones en torno a los usos de un documento en un contexto narrativo que se lee en Paseos del río. Así, estos escritores manifiestan su intención de sumar sus vidas al gran cauce de la historia y nos dicen que la novela es el espacio más democrático de todos, pues en ella nuestras cotidianidades tienen un relato.
¿Cuál es el propósito de un autor que escribe novelas históricas hoy? Puede ser una fuerte atracción por una figura como Carlota en Noticias del imperio, de Fernando del Paso, o una identificación con los grupos originarios y nómadas del norte de México y su exterminio como se lee en Ahora me rindo y eso es todo, de Álvaro Enrigue. En fin, los motivos son infinitos, lo importante es que la novela histórica no sólo revisite sino que denuncie las desgracias que han pasado desapercibidas por la historia oficial y cuestione los discursos con los que se ha construido, a su vez, el discurso de la enseñanza de la historia en la formación básica de una sociedad como la mexicana que tan pronto olvida y poco aprende.


