La palabra del siglo XXI: resilientes somos
Por Yessika María Rengifo Castillo.
La palabra es lo más bello que se ha creado, es lo más importante de todo lo que tenemos los seres humanos. La palabra es lo que nos salva.
Ana María Matute[1]
Las palabras son las herramientas que ha parido la historia frente a los hechos socioculturales de la humanidad como sucesos que develan las estrategias que engalanan a la madre tierra. En voz de Augusto Roa Bastos:[2]
Tendría que haber en nuestro lenguaje palabras que tengan voz. Espacio libre. Su propia memoria. Palabras que subsistan solas, que lleven el lugar consigo. Un espacio donde esa palabra suceda igual que un hecho.
Cierto es que las palabras son mecanismos del sentir y del actuar que acuden los individuos en diferentes contextos.
Ante todo, rectifiquemos la idea sabida de que la palabra jamás viene sola. El pasado siempre ha sido la posibilidad de comprender los aromas del hoy, como fragancias que emanan el camino de grandes y de chicos, junto a las melodías del reloj.
Es decir que ninguna palabra proviene de la nada, o en frase del escritor portugués José Saramago: “Una palabra nunca viene sola, incluso la palabra soledad precisa de quien la sufra”.
Así empezamos a cercar, pues, el nacimiento de la resiliencia. No es un secreto que las partituras de la historia han sido tocadas por las palabras que hieren las tonalidades de la mente, y el corazón. Uno de los ejemplos más evidentes de esto es la violencia y todo lo que ésta implica en los sujetos.
Claro que esto no lo explica todo, comencemos a definir qué es la resiliencia. La resiliencia es la capacidad humana que poseen hombres y mujeres para asumir con fortaleza situaciones extremas, sobreponiéndose a ellas e incluso para salir con más coraje. Lo que indica que se acude a la reestructuración de recursos psicológicos ante traumas, reformas o adversidades no solo para continuar el camino, sino para crecer.
Con todo y lo anterior, la resiliencia es la capacidad de continuar en el desierto que renace con las luces de la flexibilidad. En el curso de esta búsqueda Boris Cyrulnik[3] establece que “La resiliencia es más que resistir, es también aprender a vivir”, lo cual indica que la resiliencia es la posibilidad de caminar en días de invierno.
Desde esa escenografía, el siglo XXI está fragmentado de sucesos aterradores que no han logrado la perdida de la esperanza al punto de que la resiliencia se ha convertido en el sostén del día a día, generando seres capaces de mirar atrás sin los himnos del dolor.
En una palabra, dije al comienzo de este artículo que resilientes somos, mezcla de tradiciones y acomodos, de acuerdo a los acontecimientos del vivir. Según Albert Espinosa:[4]
Era una resiliente que había sabido aceptar las pérdidas de sus vidas. No sé cómo lo hacía, supongo que, si a todos nos enseñaran a perder, ganaríamos siempre.
En definitiva, la resiliencia es la palabra que adorna el vocablo de un siglo de contrastes rastreando los rayos del sol que florecen en el triste invierno.
Referencias
Cyrulnik, Boris. La maravilla del dolor. El sentido de la resiliencia. Barcelona: Garnica, 2001.
Espinosa, Albert. Si nos enseñaran a perder, ganaríamos siempre. España: Grijalbo, 2020.
Cibergafría:
Imagen tomada de: https://www.desatatupotencial.org/blog/personas-resilientes/
[1] Escritora y novelista española, autora de Los Abel (1948), Luciérnagas (1955), Primera memoria (1959), Los soldados lloran de noche (1963), La trampa (1969) y Olvidado rey Gudú (1996).
[2] Escritor, novelista, dramaturgo, guionista, profesor, periodista y corresponsal de guerra paraguayo, autor de El naranjal ardiente, nocturno paraguayo (1960), Hijo de hombre (1960), El baldío (1966), Yo el Supremo (1974), Lucha hasta el alba (1979) y El fiscal (1993).
[3] Es un neurólogo, psiquiatra, psicoanalista y etólogo francés.
[4] Escritor, novelista, dramaturgo, actor, director de teatro e ingeniero industrial español, autor de «El mundo amarillo» (2008), «Si tú me dices ven lo dejo todo, pero dime ven» (2011) y «Brújulas que buscan sonrisas perdidas» (2013).

