Tragedia: la asesina más violenta de la fe.
Por Mariana Cuevas
¿Qué hacer cuando sientes que la trama no te lleva a nada, cuando las descripciones son entretenidas, pero no justifican la tardanza, ni muestran siquiera un indicio de por qué son importantes? Seguirse inmiscuyendo es más por curiosidad, y adicción a los eventos fortuitos ajenos, que por compromiso… Stephen King siempre se toma la molestia de llenarnos de contexto y dejar muy claras las escenas, sí, con un exceso de palabras, pero con una inventiva impresionante, pues siempre nos mantiene enganchados y atentos. Eventualmente, pasamos de escenas burdas, y una cotidianeidad atrayente, a un momento cúspide que devela el tan esperado final, lo que satisface el fisgoneo de varios capítulos.
Cabe mencionar, que uno de los encantos del autor es que sus mundos siempre se unen, las migas, por minúsculas que sean, se encuentran en varias de sus obras y es gratificante descubrir que todo converge.
Las personas que marcan tu vida no siempre se vuelven a presentar en ésta, aun así, el destino jamás se elude. Somos quienes somos debido a con quién nos cruzamos, ya sea para aprender algo sobre la existencia o sobre nosotros mismos. King toma los estereotipos molestos de todo lo que está mal con la sociedad y los convierte en una fantasía lúcida que se queda guardada en el lado más empático de nuestro cerebro, pues este alude a procesos naturales y con los que cualquiera puede identificarse.

El padre, en esta historia, es el típico caso de un individuo que liga su fe a los obstáculos que su creador le manda, la utiliza sólo mientras le parece que éstos tienen sentido o que requieren un nivel considerable de esfuerzo, pero, en cuanto se vuelven difíciles, la deshecha y asume el papel de víctima. Se genera una ruptura entre lo que la religión le pide, confiar en un ser omnipotente, o aceptar el nivel más vulnerable de cualquier feligrés: entender que no le gusta la impredictibilidad de una deidad que no le explica nada y lo pone a prueba. Su búsqueda comienza con la falsa idea de querer ayudar a los demás, pero ésta es realmente liderada por una necesidad morbosa de saber qué hay más allá, lo que implica retar y querer igualar a un dios que ya no entiende. Surge así el deseo de dominar la electricidad, no como ciencia, sino como una fuerza oscura, una fuente de vida y muerte.
Por supuesto, se muestra con evidente claridad que la religión suele aprovecharse de la ignorancia y la ciega lealtad de las personas, pero el libro está más enfocado en la búsqueda de propósito, lo cual suele ocurrir después de caer suficientemente bajo; nuestro coprotagonista, por ejemplo, se pierde en las drogas y la vida de rockstar. Después de ello, el expadre lo encuentra y decide ayudarlo, más por querer comprobar que puede sanar con sus innovadores métodos que por la situación en sí. Éste gusta de hacer favores sólo para cobrarlos más tarde, para él todo es un recurso.
Finalmente, cual diablo, este aliado de dios retirado te ofrece un trato: la cura de algún mal a cambio de una experimentación que ni él sabe hasta dónde puede llegar o dañar…


