Lo raro como ruptura de lo posible: una lectura de Mark Fisher y The Backrooms (Found Footage) de Kane Parsons

Por Raquel Ayala.

Vivimos en un momento donde lo imposible parece filtrarse con naturalidad en el presente. Estamos rodeados de inteligencias artificiales que producen imágenes, los espacios y los cuerpos se rediseñan y el mundo físico pierde terreno frente a lo simulado. Es aquí que el pensamiento de Mark Fisher en Lo raro y lo espeluznante (2018) se vuelve urgente, puesto que Fisher no define lo raro como un simple estilo o categoría dentro del horror, sino como una experiencia que desorganiza la realidad. Lo raro no sólo inquieta: rompe la confianza en lo posible. Nos enfrenta a presencias que no deberían estar allí y, al hacerlo, abre una grieta en la idea de que el mundo sea explicable o coherente.

Este artículo se adentra en la naturaleza de lo raro como una interrupción ontológica de lo real. En lugar de entenderlo como un género o una categoría narrativa, se aborda como una experiencia que fractura el campo de lo posible. Para ello, se parte de la lectura que propone Fisher (donde lo raro opera como un exceso que el mundo no puede contener) y se examina cómo esa experiencia se materializa en el cortometraje The Backrooms (Found Footage) (2022), donde el espacio mismo se convierte en anomalía. Más que ilustrar la teoría, el análisis busca pensar, desde la estética contemporánea, qué significa habitar un mundo donde las reglas del sentido fallan.

En este sentido, podemos decir que cuando lo raro irrumpe, no lo hace suavemente. Su presencia no se explica ni se acomoda: se impone como una fisura en lo que entendemos como posible. Fisher no define lo raro, únicamente, como una categoría estética, lo presenta como una fuerza que desestabiliza la realidad al vulnerar sus coordenadas ontológicas. Es decir, no alude a lo extraño, ni a lo perturbador en términos emocionales; más bien lo presenta como una forma radical de dislocación: aquella que ocurre cuando el mundo ya no puede sostener sus propias leyes sin mostrar las costuras.

Fisher distingue lo raro de lo siniestro freudiano (unheimlich), justamente porque no necesita partir de lo familiar. Lo raro no implica el retorno de lo reprimido, ni la inversión de lo doméstico en monstruoso. Su incomodidad no se produce por deformación de lo conocido, sino por una aparición que no tiene lugar asignable en el orden de lo real. Algo (una criatura, un evento, un objeto) se manifiesta allí donde no debería haber nada y esa irrupción no puede ser asimilada, porque no responde a ninguna lógica narrativa, ni puede integrarse en el marco de lo reconocible. Lo raro no recuerda: aparece.

Esa aparición tiene un carácter ontológico, porque desafía lo que consideramos posible. Fisher habla de lo raro como un “exceso”, algo que no pertenece a este mundo; pero que está, y en esa existencia lo altera todo. No se trata de un ornamento ni de un contenido inquietante: es una grieta. En su presencia, las categorías colapsan, las jerarquías fallan, las explicaciones quedan en silencio. Lo raro no solo incomoda al sujeto que lo encuentra; sino que daña el sistema desde el que ese sujeto organiza su mundo. Por eso la experiencia de lo raro no puede explicarse sólo en términos emocionales. Es, más bien, un momento de ruptura epistémica. Lo raro pone en crisis la posibilidad misma de comprender.

Esa crisis se vuelve palpable en los ejemplos que analiza Fisher, como El invasor de los ultracuerpos, donde la amenaza no se percibe a través del cuerpo monstruoso, lo hace desde la repetición exacta. Lo raro no está en la alteridad visible, este se encuentra en lo casi idéntico: una copia sin alma, una apariencia sin interior. La pregunta que desencadena esa duplicación no es “¿qué es esto?”, sino un “¿cómo sigo llamando humano a lo que ya no tiene voluntad?”. Lo raro, entonces, no revela lo otro, más bien vuelve ajeno lo propio. Transforma la confianza en sospecha y, con ello, tuerce la noción misma de identidad.

En The Twilight Zone ocurre algo similar, aunque desde una lógica más atmosférica. Allí, los personajes descubren, de pronto, que el mundo en el que estaban no es tal. Algo se ha desplazado. Hay una interferencia en las reglas, un pliegue en el espacio o en el tiempo que nadie puede anticipar. No hay monstruo que justifique la inquietud. No hay causa identificable. Lo raro se filtra como un ruido de fondo que crece hasta convertirse en totalidad. La experiencia es, ante todo, desorientación.

Lo más interesante de esta desorientación es que no clausura, sino que abre. Fisher  presenta lo raro como una posibilidad de pensar, en lugar de una amenaza. El mundo se presenta como contingente: no hay garantía de que las cosas sean como son. La realidad, lejos de ser estable, se vuelve perforada, y esa perforación revela que lo posible es una categoría mucho más frágil de lo que pensamos.

En su forma más radical, lo raro no propone un afuera absoluto, sino una insistencia: algo que no debería estar aquí sigue apareciendo. Se cuela, persiste, molesta. No obstante, en esa persistencia, también señala otra cosa: que lo real, tal como lo hemos configurado, puede fallar y cuando eso pasa lo raro emerge como síntoma, como anomalía, pero también como clave. Una forma de interrogar el presente desde sus límites, no para negarlo; más bien, para volverlo legible en su fractura.

Ahora bien, si lo raro, como plantea Fisher, es una irrupción de lo imposible en el orden de lo real, entonces The Backrooms (Found Footage) encarna esta experiencia con una precisión casi quirúrgica. En apenas nueve minutos, el cortometraje de Kane Parsons abre un pliegue en la lógica del mundo y deja al espectador suspendido en un espacio que no debería existir. Su potencia no radica en el sobresalto ni en el terror explícito, lo hace de una forma más sutil a través de la exploración de una incomodidad más profunda y difícil de nombrar: la de estar en un lugar que contradice toda expectativa, un lugar que no obedece causa alguna ni responde a una finalidad comprensible.

La historia es mínima: un joven graba con una videocámara y, de pronto, “clipea” fuera de la realidad. Lo siguiente que ve son pasillos infinitos de moqueta amarilla, muros de tablaroca, zumbidos de lámparas fluorescentes. No hay explicación. Nada lo anunciaba. El protagonista no traspasa una puerta prohibida ni invoca sin querer una presencia. Simplemente desaparece del mundo y aterriza en otro que no debería existir. Justo en esa simpleza se abre lo inquietante, porque, como señala Fisher, lo raro aparece cuando algo “no pertenece a este mundo” y, sin embargo, está aquí. En The Backrooms, lo raro no es un objeto que irrumpe, es el espacio mismo: una arquitectura detenida en el tiempo, sin función, como si el mundo hubiese olvidado ese lugar y, pese a todo, ese lugar se negara a desaparecer.

Desde ahí, los Backrooms no son simples escenarios tenebrosos: son una anomalía ontológica. Su configuración remite a oficinas abandonadas, pasillos genéricos, espacios vacíos sin carácter. Hay algo de nostalgia, algo de deseo y algo que, definitivamente, no termina de tener sentido con la realidad. Por tanto, lo que los vuelve raros no es su aspecto; sino su pura existencia: están allí, sin que sepamos por qué ni para qué. No hay causa que las justifique. Tampoco historia que las sostenga.

Link del cortometraje: The Backrooms (Found Footage)

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