El fin de una Era o el triunfo de la cultura iletrada en México

Por María del Carmen Rivero Quinto.

Las reflexiones que comparto en esta columna versan sobre temas histórico-ficcionales con la intención de divulgar el conocimiento entre lectores de intereses diversos, o bien, ajenos a los círculos académicos. Indudablemente, la historia de la cultura impresa en México es uno de esos tópicos, ya sea por la historia de las editoriales mexicanas, ya por el estudio de los catálogos y los géneros que éstas comercializan o, para nuestro caso, aquellas interesadas en la edición de novelas históricas y demás géneros literarios de corte histórico.

A inicios del mes de agosto, supe con tristeza de la resolución de la editorial mexicana Era de terminar con su labor de 66 años y poner en remate sus existencias debido a problemas económicos que no pudieron sortearse. Aquí reproduzco el comunicado:

“El mundo cambió”, reza una de las líneas de despedida. Y es cierto: la idea de libro, así como las prácticas lectoras, han cambiado drásticamente en los últimos años y esto se hizo notorio con la forzosa clausura de la pandemia. ¿Cómo habitar la locura del confinamiento? Leyendo. ¿Cómo se leyó? Pocos en papel, los más en pantallas de diverso formato: celulares, tabletas, computadoras o lectores electrónicos, que ofertan libros de descarga gratuita o a un costo (a veces) menor que el de uno impreso en algunos casos. Sin embargo, lo cierto es que los humanos somos otros según los dictados de la tecnología. Si levanto la mirada de mi libro impreso, ¿qué veo a mi alrededor? Padres que entretienen a sus bendiciones con cualquier contenido reproducido en el celular, personas que han perdido la capacidad de la espera y la paciencia viendo redes sociales mientras hacen fila para resolver cualquier asunto, jóvenes en crisis que confían sus miedos y dudas a un chat de inteligencia artificial, tú, lector, en este momento, estás leyendo mis líneas en uno de esos soportes. Nos hemos vuelto virtuales hasta para con nosotros mismos. ¿Por qué el libro impreso no cambiaría?

La desaparición de Ediciones Era supone una paradoja. Aunado a la falta de la declarada solidez monetaria que azoló a una editorial que con el tiempo se hizo independiente, es decir, minoritaria, se debe admitir que los grandes consorcios editores en este país han pactado alianzas lucrativas para ofrecer menos libros “serios” y más productos para el consumo masivo, mientras que, en 1960, Era irrumpía en el ámbito cultural mexicano con la publicación de un libro que gritaba lo contrario de la síntesis capitalista que acabo de resumir: La batalla de Cuba, de Fernando Benítez. Un lanzamiento que posicionaba los principios de esa casa editora apenas un año después del triunfo de la Revolución en la isla caribeña y en un contexto mundial de movimientos estudiantiles y obreros, cuyo desenlace yace incrustado en las piedras de Tlatelolco.

Ediciones Era se fundó en 1960 por los hermanos Neus, Jordi y Quico Espresate, José Azorín y Vicente Rojo, pintor y artista gráfico, quien diseñó el logotipo de la editorial e ilustró varias de las portadas. El nombre viene de las iniciales de los apellidos de cada miembro fundador: Espresate, Rojo y Azorín, todos exiliados españoles y compañeros de trabajo en una imprenta.

Logotipo de Ediciones Era. Diseño: Vicente Rojo.

Batalla es el epítome característico de Era. Ahí, el querido José Emilio Pacheco debutó y nos enseñó a crecer con Las batallas en el desierto, de 1981, y casi la totalidad de su obra pertenece a esta institución que ha sido un hito en la historia de la cultura impresa tanto por su catálogo, que es inefable, como por el formato de sus libros: pequeño y ligero, fácil de portar en cualquier bolso o mochila. Sin embargo, de entre el extenso listado destaca un volumen, uno solo. Dos años después de su fundación, Era publicó el libro seminal en la etapa iniciática de generaciones de lectores mexicanos y lo digo en todo sentido: Aura (1962), de Carlos Fuentes. Poco más de sesenta páginas, el Aleph de la literatura de este país.

Con Editorial Era, Inés Arredondo nos asedió con su primer libro de narrativa, Sergio Pitol emprendió el arte de la garza con El desfile del amor (1984) y el total de su biblioteca está sellada con Era. Elena Poniatowska encontró cobijo para la crónica que cerraba la primera década de existencia de la editorial con una mancha de sangre: La noche de Tlatelolco (1971), año del halconazo. De sus días en prisión, José Revueltas publicó El apando (1969), mientras Carlos Monsiváis rememoraba los Días de guardar (1970). Bajo el volcán (1964), el rapto mexicano de Malcolm Lowry, pronto se ganó el mote de clásico gracias a la publicación de la traducción al español de esta editorial con portada ilustrada, de nueva cuenta, por Vicente Rojo.

La lista es infinita y el ojo atinado de los editores de Era en cuanto a la narrativa histórica es invaluable. Este sello publicó una de las primeras novelas de Carmen Boullosa, Llanto, novelas imposibles (1992), bastante experimental para el género y para su momento, pero que introduce las características de lo que se ha dado en llamar la nueva novela histórica; mientras que de Verónica Murguía y su pasión por el medievo, un tópico atípico en las letras mexicanas, publicó el libro de cuentos El ángel de Nicolás o la novela El cuarto jinete, una atinadísima dance macabre en medio de la pandemia, en 2023. Los indios de México (1967), de Fernando Benítez, también tuvo su primera edición con Era.

Pocos días después del anuncio del cierre, interpelada por los medios de comunicación, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo, anunció que estudiaría el modo de rescate editorial mediante la injerencia del Fondo de Cultura Económica (fce), sin embargo, hasta ahora, nada más se ha sabido de esta iniciativa, mientras la editorial comienza a hacer grandes remates a los que por supuesto muchos lectores deseamos asistir.

Debemos señalar que estas no son medidas idóneas para solucionar el problema que existe de fondo: el retroceso en la práctica de la lectura impresa (para no llamarlo analfabetismo en auge) que está sucediendo en México va de la mano con el problema de los contenidos educativos actuales. La Secretaría de Educación Pública (sep) decidió que la materia de Historia se imparta sólo una vez a la semana en el nivel secundario de la educación obligatoria de este país, y eso que el libro de texto tiene colaboraciones de importantísimos especialistas como Federico Navarrete, Felipe Ávila o Margarita Vázquez y propone como solución al déficit de lectura y comprensión la consulta obligatoria de un libro de autoayuda (con lo que el sistema se da por bien cumplido) en vez de comprar lotes completos de las publicaciones de Era que los jóvenes de este nivel pueden comprender perfectamente.

Esperemos que el rescate presidencial vía su sello editor sea efectivo y el aliciente que Ediciones Era requiere, pues sin dudas, con la extinción de esta prestigiosa casa editorial, México adquiere cada vez más el carácter de un país empobrecido en lectura. La desaparición de este importantísimo sello en la vida cultural de México es también un llamado a los historiadores que estudian la cultura impresa y el ecosistema del libro.

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