Historia(s) más allá de las fronteras
Por María del Carmen Rivero Quinto
En 1982, Jorge Ibargüengoitia, escritor guanajuatense, fabuló el siguiente diálogo en Los relámpagos de agosto, una de las novelas más importantes en la literatura mexicana moderna:
Cuando estábamos discutiendo el plan de campaña en el tren en donde habíamos establecido el Cuartel General de la Fuerza Expedicionaria del Norte, nos avisaron que en un automóvil con bandera norteamericana había llegado Mister Robertson, que era el cónsul en Pacotas, y que quería hablar con nosotros.
–Si cae una bala de aquel lado del río –nos dijo Mister Robertson, que era un americano tan colorado que parecía que iba a reventar–, el Gobierno de los Estados Unidos le declara la guerra a México.
Nuestro plan de ataque suponía un bombardeo previo, hecho de tal manera que no iba a caer de aquel lado una bala, sino mil.
–Pero comprenda usted que si estamos tirando de aquí para allá, algunas balas se tienen que ir para aquel lado –dijo Trenza con mucha razón.
Por toda respuesta, el americano nos enseñó una carta del Departamento de Estado que, según el capitán Sánchez, que sabía inglés, decía efectivamente que nos declararían la guerra si se nos iba una sola bala.
–Siempre ha sido un país muy egoísta –le dije yo, que estaba enardecido.
–Ya estamos cansados de sus revoluciones –me contestó él.
Yo le contesté que no era esa la manera de tratar a un país que había luchado tanto como México por la Justicia Social.
–Nos parece muy bien que ustedes luchen por la Justicia Social, pero si no nos dan garantías, los que vamos a ocupar Pacotas somos nosotros –nos dijo textualmente Mr. Robertson. Trenza, que, cosa rara, ese día estaba muy conciliador, dijo entonces:
–Comprenda que si queremos abrir la frontera es porque vamos a comerciar con ustedes.
–Pues abran la frontera y comercien con nosotros –dijo el taimado yanqui, y repitió la cantaleta de que si una sola bala… los Estados Unidos…, etc.
Luego sacó un papel que quería que le firmáramos. Era un compromiso de respetar las propiedades de los ciudadanos norteamericanos, y todo eso.
–Yo no firmo nada –dije. Y hasta tenía ganas de pasar por las armas a Mr. Robertson.
–Si no quiere usted firmar –me contestó–, el Ejército de los Estados Unidos ocupará Pacotas mañana mismo.
Entonces, Trenza firmó, Canalejo firmó y a mí no me quedó más remedio que firmar.[1]

La lastimosa realidad de nuestros días y la nada tersa relación de México con el país que se ubica en su frontera norte se resume en este diálogo entre militares, el cual, a su vez, sintetiza siglos de complicadas, engañosas y mal habidas relaciones transnacionales, las cuales, también a su vez, se han caracterizado por la violencia. Y, como desde entonces, según leemos en Ibargüengoitia, a México no le ha quedado de otra más que firmar, afirmar y reafirmar su tenso y odioso trato con los Estados Unidos.
En esta ocasión, Ianvs, columna dedicada a los temas histórico-ficcionales, reflexiona, desde ambos ámbitos, acerca de la idea de frontera, a raíz de los lastimosos eventos que han sucedido desde que inició este 2026 con las acciones de lesa humanidad cometidas por el ICE (que ya mató a 14 mexicanos), la amenaza de cambiar el nombre del Golfo de México a Golfo de América y la de invadir suelo mexicano para eliminar a los cárteles de la droga, y desde mucho antes, en el primer sexenio de Donaldo Trompetas (no respeto su nombre si él no respeta a mi país ni a mi idioma), cuando construyó el muro fronterizo.
La frontera siempre ha sido uno de los grandes tópicos y una de las grandes imágenes de la literatura, así como un objeto de estudio de la historia. Es, por tanto, un leitmotiv universal y atemporal. Frontera tiene su propia conceptualización según la disciplina. Para los estudios históricos, se trata de una zona de modificaciones territoriales en el tiempo, por causas políticas o geográficas, que se construye por quienes establecen los linderos y quienes habitan en sus márgenes, a los que, inevitablemente, transforma. En el ámbito literario, frontera posee un significado menos definido. Puede tratarse de una cuestión de límites entre géneros, aunque esto no es restricción, pues en un cuento podemos leer un ensayo y también un poema, por ejemplo, o bien, la historia se desmonta de su contexto oficial y se (re)escribe en los márgenes ficticios de una novela.
La zona fronteriza (norte y sur) de México es un espacio de tránsito legal e ilegal de todo tipo de mercancía (humanos, órganos, drogas, armas, dinero, ropa…) con dramas montados en La Bestia o transportados por balseros en el Usumacinta o en los hocicos de los coyotes predadores en el río Bravo. Desde mi perspectiva, la frontera une los discursos de la Historia y la ficción, y a continuación, menciono algunos ejemplos.

Tejas, la gran ladronería en el lejano norte, novela escrita por Carmen Boullosa, es, lo que diríamos, una historia de vaqueros, que cuestiona la construcción histórica de la frontera norte de México y de los relatos oficiales en torno a ella. La obra relata la independencia de Texas, la ladronería que avaló el ignominioso tratado de Guadalupe Hidalgo, el despojo de los nativos americanos de sus praderas y sus búfalos, la astucia gringa y la dejadez mexicana. Esta parodia al western también constituye un ejemplo de lo que la literatura hace con una frontera, además de asimilar la historiografía, pues su narrador(a) es una figura transfronteriza, en el sentido de que a medida que avanza el relato, su género/sexo va mudando hasta descubrir su verdadera identidad porque esa es la invitación no asumida de lo que está in limine, de lo que está por ser, pero no se define.
Let’s Talk About Your Wall reúne veinte ensayos escritos por autores mexicanos y publicado en inglés a raíz de la construcción del muro que Donaldo Trompetas ordenó levantar entre ambos países entre 2017 y 2021. La necesidad de este libro obedece a que, a pesar de la gran cantidad de (des)información que los gringos tienen sobre lo que pasa en la frontera, lo cierto es que muy pocos anglófonos acceden a las diferentes perspectivas de la crisis del otro lado, del lado mexicano, por lo que Carmen Boullosa y Alberto Quintero editan este libro que reúne a Yuri Herrera, Jean Meyer, Guadalupe Nettel, Yásyana Aguilar y una veintena más de escritores.

Desierto sonoro, de Valeria Luiselli, narra varias tragedias. Una, íntima, es la disolución de un matrimonio que, en un viaje por carretera, atraviesa los Estados Unidos con rumbo a Arizona. En este momento se inserta la segunda tragedia, el recorrido para llegar a la tumba del último indio apache, Gerónimo, víctima ancestral de la marginación y del establecimiento de la frontera gringa en su territorio y en el mexicano. A ellas se suma una tragedia más desgarradora: la del peligro de los niños mexicanos y centroamericanos que cruzan solos ambas fronteras mexicanas y las de algunas madres que se enfrentan a incontables complicaciones en las cortes americanas para pedir la residencia de esos niños.

A estas menciones se suman Seños de frontera de Paco Ignacio Taibo II, Instrucciones para cruzar la frontera de Luis Humberto Crostwhite, El karma de vivir al norte de Carlos Velázquez, Las tierras arrasadas de Emiliano Monge o algunas novelas históricas de Ignacio Solares, como La invasión, por ejemplo; además, la llamada literatura chicana, encabezada por Sandra Cisneros, o la poesía de Gloria Anzaldúa y el clan nepantlero. Estas obras prueban que el español está conquistando (¿recuperando?) el territorio gringo desde hace décadas, pues según datos del Instituto Cervantes, Estados Unidos ya es el segundo país con más hablantes de este idioma en el continente después de México.
Un eminente peligro amenaza la aldea global en la que gustosos nos hemos sumergido. La idea de aldea global sugiere un mundo sin fronteras, cuando es todo lo contrario. Europa deja que miles de niños africanos y orientales mueran ahogados en sus costas antes que permitirles entrar en sus territorios, ¿a acaso ya olvidó su pasado imperialista? En enero, la riqueza de Venezuela, hace un mes Cuba, hoy, y siempre, Palestina (¿por qué?, tal vez hay que preguntar ya a Amos Oz). El siguiente en el radar de las trompetas, México; mañana, España, que se negó a servir como base militar para el ataque en el Medio Oriente, tal vez en un mes Groenlandia, mientras el actor Robert De Niro y el gran jefe, Bruce Springsteen, se oponen abiertamente a esta locura.
El problema de las territorialidades y las fronteras también se extiende al ámbito deportivo. En los pasados Juegos Olímpicos de Invierno celebrados en Italia (albricias a Argentina y Brasil que consiguieron medallas), hubo protestas unos días antes de la inauguración porque un cuerpo del ICE pretendía vigilar la entrada a personas proscritas, ¿por qué los organizadores no vetaron a la delegación gringa y sí lo hicieron con la rusa?
El verano y sus promesas casi nos alcanzan. Podríamos pasar el estío mirando, o asistiendo, si hay quien pueda pagarlo, al mundial de futbol. Me gusta el futbol, pero… ¿tengo expectativas por esta emisión? ¿Me emociona igual que los torneos anteriores? Esta vez no. Incluso me sumo a quienes piden que se posponga o hasta la suspensión definitiva. Con un deschavetado lamebotas presidente de la FIFA otorgando premios a un demente que sólo quiere ver arder al mundo, que permite que Irán se retire del evento, con una presidenta de México que carece de la mano dura para la defensa nacional y que debería imponer la condición del respeto a la soberanía o su retirada como país organizador (sí, ya sé, hay demasiado dinero de por medio), no quedan ganas de mirar los partidos, además de que El Vasco Aguirre cada vez cuenta con menos opciones para elegir a los 22 jugadores que tendrán en sus espaldas el enorme peso de dar una alegría momentánea a este lastimado país.

La Historia y la literatura cruzan fronteras de manera indistinta. De hecho, en el ámbito de la ficción, las fronteras se poetizan, se hacen metáforas, se disuelven con el pensamiento y con la esperanza de un mundo mejor.
[1] Jorge Ibargüengoitia. Los relámpagos de agosto. México, Joaquín Mortiz, 1982, p. 95-96.

