Abrir la Historia a través de la Literatura
Por María del Carmen Rivero Quinto
Para Martín y todos los historiadores
con los que me unen lazos literarios
Ianvs reflexiona, en esta ocasión, sobre dos sucesos ocurridos en el ámbito histórico, ambos europeos y de tenor mortuorio. El primero de ellos ocurrió el pasado 17 de junio del año en curso: ese día murió el historiador italiano Carlo Ginzburg. El segundo sucedió el 23 de junio de este mismo año: en esa fecha, el gobierno francés, encabezado por Émmanuel Macron, ordenó la panteonización (supongo que la palabra se impone ahora como un neologismo o un galicismo por las necesidades del suceso, aunque, según leo en notas periodísticas, se debe al último gesto del presidente en turno de Francia) del historiador Marc Bloch, cuyos restos fueron encontrados en una fosa común y su osamenta fue identificada, simplemente, con el número 14, el 17 de junio de 1944, días después del desembarco en Normandía y de la liberación de un pueblo al norte de Lyon, lugar en el que fue fusilado, junto con otras 27 personas más por orden de la Gestapo, y que formaban el grupo de la Resistencia.

Entre los devotos de Clío, Marc Bloch (1886-1944) es considerado el padre de la Historia contemporánea. Junto con otro historiador, Lucien Febvre, fundó, en 1929, la revista Annales d’histoire économique et sociale, mejor conocida como escuela de los Annales. Con ella, Bloch cambió la forma de analizar e interpretar las manifestaciones de los hechos y los actores más allá de la letanía de guerras y hazañas consideradas memorables. Entrar en el Panteón, un lugar de la memoria, es, precisamente, lo que hace de su vida, de su obra y del reconocimiento de su muerte hechos memorables.
Profesor de Historia en la Sorbona, Bloch es reconocido por su Introducción a la Historia, publicada de forma póstuma en 1957, libro escrito durante su encarcelamiento, y en el que sienta las bases de la metodología histórica moderna. La Apología para la Historia o el oficio del historiador es, quizá, una de sus obras más atípicas, inconclusa y escrita, también desde una celda, entre 1940 y 1943, a raíz de recuerdos íntimos del autor como la ahora famosa pregunta que le hiciera su hijo y que es la base de los iniciados en esta ciencia social: “Papá, explícame para qué sirve la Historia”.

El medievalista por excelencia (detrás de él vendrán Le Goff, Chartier, o incluso el mismo Eco) actualizó la manera de analizar a las sociedades feudales con énfasis en el sector de la servidumbre, el universo simbólico y los poderes casi sanadores atribuidos a los monarcas y el rescate de la historia rural francesa.
Sus cenizas y su figura han sido objeto de culto, por así decirlo, ya que, en 1977, sus restos fueron entregados a sus familiares y en 1994, con motivo del cincuentenario de su asesinato, se creó, en Berlín, el Centro Marc Bloch de investigaciones sociales y, penosamente, en 2009, el entonces presidente francés, Nicolás Sarkozy, pretendió convertir la figura de este historiador en un emblema de su ideología.

Menos de diez días después de la llamada panteonización, murió el historiador más popular, el italiano Carlo Ginzburg (1939-2026), el mismo día en que su maestro, Marc Bloch, de quien aprendió el oficio de historiar sobre los sujetos que por alguna razón no tuvieron derecho a la historia mayúscula, y para quien había preparado un texto en memoria suya. Si con Bloch el estudio de la historia entró en su etapa moderna, los aportes de Ginzburg inauguraron la etapa posmoderna de esta ciencia del pasado. Si el primero propuso terminar con una lista de fechas y nombres, el segundo se concentró en obtener información de los sujetos anónimos que participaron de lo histórico, pero cuyas identidades no trascendieron, en los modestos oficios, en los lugares distintos a las capitales; es decir, se ocupó de los marginados de la historia, una de las expresiones más vivas en este siglo de movimientos migratorios y masas oprimidas y sometidas.

Sin dudas, El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI (1976) es el libro más conocido de quien fuera docente en la Escuela Normal Superior de Pisa. Considerado pionero de la microhistoria, puesta tan de moda en años recientes, Ginzburg ha sido uno de los historiadores modernos más citados dedicado a escribir para la gente allende la academia sin descuidar el nivel de la argumentación, pero priorizando la divulgación haciendo libros de historia para todos.
Una obra muchísimo menos conocida y rescatada por el doctor Carlos Aguirre en la editorial Contrahistorias, Miedo, reverencia, terror. Cinco ensayos de iconografía política (2014), da cuenta de la faceta ensayística de Ginzburg, quien, desde la perspectiva de la crítica y la historia del arte, analiza cinco imágenes de alto contenido social e histórico entre ellas cálices, un poster propagandístico, un par de pinturas, una de ellas el Gernika, y el frontispicio de un libro de teoría política. Otros estudiosos formados bajo su ala sostienen que Historia nocturna: Un desciframiento del aquelarre (1986) es otra obra fundamental que busca la justicia para las minorías (judíos, musulmanes, leprosos, herejes, brujas) de los siglos XV a XVII (con un evidente guiño a Jules Michelet y su hermosísima La Bruja).

¿Qué tienen que ver estos sucesos con las relaciones histórico-literarias?
Desde los estudios literarios, recuerdo una de las frases que han marcado el tramo más reciente de mi formación. En su alegato en favor de la autoficción, el novelista, y quizás uno de sus primeros teóricos formales, Serge Doubrovsky, sostenía, en la década de los años setenta del siglo pasado, que la novela está destinada para aquellos que no tuvieron lugar en la historia. Con estas palabras, rememoradas torpemente, el escritor francés sugería que esta forma prosística y narrativa es, por naturaleza, el género de las masas, del proletariado, de los miserables, Víctor Hugo dixit, mientras que existen libros de historia, como los de los autores aquí recordados, que parecen novelas bien escritas sobre las masas y para las masas, ese cuerpo anónimo que hace y padece las consecuencias de los actos de los hombres cuyos nombres sí quedan registrados.
Si la novela es el género de las masas, Marc Bloch y su sucesor, Carlo Ginzburg, se ocuparon de los pequeños miembros de esas masas: de los acusados, de los perseguidos, de los marginados, para radiografiar a las sociedades de distintos momentos, tal como lo hace la novela histórica en sus distintas etapas.
Marc Bloch, en su faceta de teórico de la Historia, sostenía que el historiador nunca debe olvidar el grado de poeticidad inherente a su disciplina, mientras que en El queso y los gusanos Ginzburg hace un análisis literario de las fuentes de las que dispone sobre el caso de un molinero acusado de herejía y descubre lo impensado: el molinero se defendió ante la corte empleando figuras retóricas como la metáfora, así, Ginzburg se impuso la tarea de interpretar un discurso para llevarlo a una categoría más general: conocer, por medio de los testimonios de un trabajador a penas educado, el estado de su gremio y del funcionamiento de la más poderosa de las instituciones políticas y religiosas del periodo: la Inquisición. Lo que revela esta investigación es el ingenio de un miembro de una sociedad subalterna que sin medios ni conocidos supo sustentar su defensa como tantos desamparados, buscadores, presuntos culpables deben hacerlo en este país o en cualquier otro en estos días.
El título de este libro se escribe con una sinécdoque, esto es, una figura de pensamiento que designa a una cosa con el nombre de otra con la que tiene una relación de inclusión. En una lógica más simple: el continente, el queso y el cosmos, son nombrados junto con sus contenidos, los gusanos y el molinero. Menocchio, el protagonista de su libro, sí, dije bien, el personaje de su libro, realmente en casi nada se distingue de un personaje novelesco retratado por sí mismo en sus documentos y por Ginzburg en su libro de Historia.
Los pensamientos de estos historiadores permanecen, su vigencia los proyecta como dos visionarios de los siglos XX y XXI. ¿Qué los relaciona con lo literario? Que ambos, más en especial el segundo, recuperaron las herramientas literarias y narrativas de la historiografía sin por ello comprometer el enfoque explicativo o sin hacer “construcciones libres”, como las llama el profesor Aguirre, pero que, si el historiador las identifica, comprenderá que una no está separada de la otra en el momento de tejer el discurso del pasado.

